El MetLife Stadium de Nueva Jersey ha albergado en su historia partidos de la NFL, conciertos de los Rolling Stones, una final de Super Bowl. El 13 de junio de 2026, será el escenario del encuentro que muchos aficionados al fútbol llevan semanas señalando en el calendario antes de que comenzara siquiera el debate sobre favoritos al título: Brasil contra Marruecos, Grupo C, primera jornada.
No es el partido de dos equipos que se juegan la clasificación en el último partido de la fase. Es el primero. Y eso, paradójicamente, lo hace más interesante. Ninguno de los dos puede permitirse comenzar el torneo con una derrota. Y las dos selecciones son lo suficientemente buenas como para que el resultado no esté escrito antes de que el árbitro pite.
Brasil y la cuenta pendiente que ya tiene nombre
El pentacampeonato es un logro que en el fútbol mundial solo pertenece a Brasil. Pero en el ambiente que rodea a la Canarinha desde hace más de dos décadas, ese número ya no alcanza. Desde el título de Corea-Japón 2002, Brasil ha llegado a cada Mundial con el hexacampeonato en los carteles y ha vuelto a casa sin él. En Qatar 2022, la eliminación en cuartos ante Croacia por penaltis fue quizás la más dolorosa de la secuencia: un equipo que jugó un fútbol espectacular durante cinco partidos y cayó en la lotería de los once metros.
Dorival Júnior ha cambiado algunas cosas con respecto al Brasil de Tite, pero la esencia sigue siendo la misma: una selección construida sobre el talento ofensivo individual más que sobre la organización colectiva. Vinícius Júnior llega a este Mundial en la cima de su carrera: Balón de Oro, máximo goleador de la Champions League, el jugador que durante dos temporadas consecutivas ha sido prácticamente imbatible en espacios abiertos. Rodrygo, que a sus veinticinco años ya no es el segundo nombre de nadie, ofrece una dimensión técnica diferente por la derecha. Y Endrick, con apenas diecinueve años, es la apuesta del fútbol brasileño a que su talento bruto puede convertirse en factor decisivo antes de que el torneo avance.
Pero Brasil no puede ganar el hexacampeonato solo con destellos individuales. Esa es la lección que Qatar 2022 dejó escrita en letras grandes. Y el primer examen de esa lección se llama Marruecos.
Marruecos: el legado de Qatar 2022 no es nostalgia, es credencial
Hay selecciones que llegan a un Mundial con reputación prestada de ciclos anteriores, y selecciones que llegan con reputación propia construida hace apenas cuatro años. Marruecos pertenece a la segunda categoría. Los Leones del Atlas llegaron a las semifinales de Qatar 2022 — primera selección africana en la historia del torneo en conseguirlo — y ese resultado no fue un accidente estadístico. Fue la consecuencia de un sistema.
Walid Regragui ha perfeccionado ese sistema desde entonces. La base táctica de Marruecos es una organización defensiva que en Qatar desmanteló a España en octavos, a Portugal en cuartos y que solo cedió ante Francia en semifinales después de un partido donde los marroquíes merecieron más de lo que el marcador reflejó. Cuatro líneas compactas, pressing en bloque medio cuando el rival construye, y una capacidad para robar el balón en transición que convierte a Hakim Ziyech y Youssef En-Nesyri en amenazas constantes desde la recuperación.
Contra Brasil, el plan no será diferente al que Marruecos ejecuta contra cualquier rival que tenga más talento individual. Ceder posesión si es necesario, mantener el orden defensivo, y esperar el momento en que la Canarinha cometa el error que casi siempre comete cuando presiona verticalmente sin control de los espacios detrás.
El duelo que nadie puede evitar: Vinícius contra la defensa marroquí
Marruecos tiene en sus centrales una de las líneas defensivas más sólidas del torneo. Romain Saïss, con su experiencia en la Premier League, y Nayef Aguerd, que combina lectura del juego con intensidad física, forman una dupla que en Qatar hizo imposible la vida a Cristiano Ronaldo durante noventa minutos. Es la clase de defensa que no se inquieta ante los nombres en las camisetas.
Vinícius Júnior, no obstante, es un problema de una naturaleza específica que ni Saïss ni Aguerd habrán enfrentado exactamente en esas condiciones. El extremo del Real Madrid no opera como un jugador de posición fija: aparece en el carril izquierdo, cae al centro, genera el uno contra uno cuando el espacio no parece existir. Su velocidad en los primeros tres metros es la más alta del fútbol actual, y su capacidad para mantener el control del balón en situaciones de contacto ha mejorado hasta un nivel que hace dos temporadas todavía no tenía.
La pregunta es si Marruecos encontrará una respuesta. En Qatar la encontró para casi todo. Pero Vinícius en 2026 es un futbolista diferente al que los Leones del Atlas podrían haber visto antes.
Un partido que no admite gestión
Los técnicos modernos hablan de gestión de la energía en los torneos largos: priorizar, dosificar, guardar fuerzas para cuando más importan. Brasil vs Marruecos es el partido donde esa estrategia no tiene cabida.
Perder el primero en un grupo que también tiene a Haití y Escocia no elimina a ninguna de las dos selecciones. Pero una derrota en la primera jornada genera una lógica interna de torneo que pocas selecciones son capaces de revertir sin daños: la presión del partido siguiente, la obligación de ganar con margen, el riesgo de encadenar dos resultados inesperados. Brasil lo vivió en Qatar con la derrota de Croacia; no llegó a encadenar el segundo, pero estuvo cerca del abismo.
Para Marruecos, empezar con una victoria contra Brasil sería el mayor resultado de su historia después de las semifinales de Qatar. Para Brasil, empezar con una derrota sería el tipo de shock que este equipo no está preparado para absorber sin consecuencias.
Hay partidos de fase de grupos que se juegan con la mente ya puesta en octavos. Este no es uno de ellos. Este se juega como si todo dependiera del resultado.
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