Italia no va al Mundial. Otra vez. Y esta vez no hay excusa táctica, ni mala suerte, ni un gol fantasma que reclamar. Lo que hay es una federación en ruinas, un vestuario que pedía dinero antes de jugar y una generación de dirigentes que acaba de entregar su dimisión como quien devuelve las llaves de un edificio incendiado.
Tres Mundiales, tres fracasos
Pongamos los hechos en fila. En 2018, Italia cayó en el playoff contra Suecia. En 2022, Macedonia del Norte los eliminó en Palermo con un gol en el último minuto. En 2026, Bosnia y Herzegovina les ganó en penales en Zenica. Tres formatos de playoff diferentes, tres selecciones diferentes, tres entrenadores diferentes. El mismo resultado.
Italia se va a perder el primer Mundial de 48 equipos de la historia. Hay sitio para 48 selecciones y los cuatro veces campeones del mundo no están entre ellas. Eso no es mala suerte. Es un problema estructural.
El bonus-gate: cuando el vestuario se retrata
Días antes del playoff contra Bosnia, varios jugadores de la selección pidieron un bono de 300.000 euros. No después de clasificarse. Antes. Querían cobrar por intentarlo.
Gennaro Gattuso, el técnico, rechazó la petición. Para Gattuso, los premios se ganan con resultados, no se negocian por adelantado. Y tenía razón. Pero el daño ya estaba hecho. Cuando un vestuario piensa en dinero antes de un partido de vida o muerte, el problema no es económico. Es de mentalidad.
La Repubblica destapó la historia y el contraste con otras generaciones fue inevitable. La Italia de Cannavaro, Pirlo, Gattuso (como jugador) y Del Piero ganó el Mundial de 2006 en medio de un escándalo de corrupción que casi destruye el fútbol italiano. Ese equipo jugó con rabia. Este pidió un cheque.
Dimisiones en cadena: el fin de una era
Gabriele Gravina, presidente de la FIGC, dimitió tras la presión del ministro de Deportes Andrea Abodi, que lo dijo sin anestesia: “El fútbol italiano hay que reconstruirlo desde cero y se empieza por arriba”. Gravina tenía 72 años y había presidido la federación desde la Eurocopa de 2021, el último momento de gloria del fútbol italiano.
Gianluigi Buffon, jefe de delegación, dimitió el mismo día. Y se espera que Gattuso haga lo mismo. Tres cabezas de la selección caen en 48 horas. Hay elecciones para nuevo presidente de la FIGC programadas para el 22 de junio.
La paradoja de la Serie A
Aquí está lo que no tiene sentido: los clubes italianos compiten en Champions League. El Inter fue finalista en 2023. La Juventus y el Milan siguen siendo marcas globales. La Serie A genera talento, inversión y espectáculo.
Pero la selección no funciona. Y la razón es que el problema no está en los jugadores sino en la estructura. Italia produce futbolistas competitivos — Barella, Tonali, Bastoni están entre los mejores de Europa en sus posiciones. Lo que no produce es un proyecto de selección coherente. Cada ciclo empieza de cero, con un entrenador nuevo, una idea nueva y el mismo resultado.
¿Hay reconstrucción posible?
La UEFA ya advirtió que Italia podría perder la sede de la Eurocopa 2032 si no resuelve sus problemas de infraestructura. No es solo la selección. Es todo el ecosistema del fútbol italiano el que necesita una revisión profunda.
La generación de Barella, Tonali y Bastoni tiene nivel para competir. Pero sin una federación funcional, sin un proyecto a largo plazo y sin un vestuario que entienda que representar a Italia es un privilegio, no un contrato, el talento se desperdicia.
Italia ha sido cuatro veces campeona del mundo. Hoy no sabe si podrá organizar una Eurocopa. La distancia entre esas dos frases es la medida exacta de la crisis.
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