Hay un recuerdo que ningún coreano que lo vivió puede borrar de su cabeza.

Era junio de 2002. El estadio de Seúl explotando. Millones de personas de rojo en las calles. Corea del Sur eliminando a España, luego a Alemania, llegando a las semifinales de su propio Mundial. El país entero paralizado, gritando, llorando, sin entender bien lo que estaba pasando.

Eso fue hace 24 años. Y sigue siendo lo más cerca que Corea del Sur ha estado de tocar el cielo.

El peso de un recuerdo que no se borra

El problema — y el regalo al mismo tiempo — de llegar a unas semifinales mundialistas es que todo lo que viene después se mide con esa vara. Corea del Sur lo ha vivido en cada torneo desde entonces. Octavos en 2010. Octavos en 2018. Dieciséisavos en Qatar 2022 con aquella remontada épica ante Portugal para después caer con Brasil.

Buenos resultados, todos. Pero siempre con la misma pregunta flotando: ¿cuándo volvemos a 2002?

La verdad es que quizás no volvemos. Quizás eso fue irrepetible. Pero lo que sí puede ocurrir en este Mundial 2026 es algo diferente: una nueva generación que no lleva el peso de ese recuerdo sino la energía de querer escribir su propia historia.

Son Heung-min. Eso es todo.

Cada vez que alguien pregunta por la selección coreana, el debate empieza y termina con él.

Treinta y tres años. Probablemente su último Mundial. El mejor jugador que ha producido el fútbol coreano, quizás de toda Asia. El tipo que jugó durante años en el Tottenham siendo el centro de todo el ataque, que marcó goles imposibles en la Premier League temporada tras temporada, que lleva más de cien goles internacionales con su selección.

Cuando Son tiene el balón en los pies y mira a la portería rival, pasan dos cosas: el estadio se levanta y los defensas rezan.

Hay algo en su manera de jugar que va más allá del talento puro. Es la intensidad. La manera en que cada partido con Corea parece que lo vive como si fuera el último. Porque a los 33 años, en un Mundial, literalmente puede serlo.

Si Corea pasa de grupos en el Azteca y en Guadalajara, la emoción que se va a vivir en Seúl será de las que cortan la respiración.

Lee Kang-in y la nueva sangre que viene pisando fuerte

Y no es solo Son. Porque eso sería quedarse en el pasado.

Lee Kang-in tiene 24 años, juega en el PSG y es uno de los mediapuntas más creativos de toda Europa. El pibe que salió de Valencia con demasiada prisa para los estándares del fútbol español pero que en París encontró el espacio para demostrar que era diferente.

Lee Kang-in es lo que Corea del Sur va a ser después de Son. Y la suerte de este Mundial es que los dos van a coincidir en su mejor momento colectivo.

Más Cho Gue-sung, el delantero de Freiburg que marcó en Qatar. Más una defensa organizada que no regala espacios. Más el instinto de un equipo que sabe exactamente lo que tiene que hacer para competir contra cualquiera.

El Grupo A es una batalla de emociones

Corea del Sur en el Grupo A con México. Piénsalo un segundo.

Dos anfitriones — uno de casa, el otro espiritual — frente a frente en Guadalajara. El Akron Stadium lleno de mexicanos que sienten ese partido como propio, pero con miles de coreanos que llevan viajando semanas para llegar hasta allí. El ambiente va a ser eléctrico.

Sudáfrica y la República Checa completan el grupo, y son rivales que Corea puede y debe superar. Pero el partido contra México en la segunda jornada es el que va a definir quién lidera el grupo y con qué confianza llegan ambos a los octavos.

Quien piense que Corea llega al Azteca a hacerse fotos se va a llevar una sorpresa.

Lo que la hinchada coreana siente y el mundo no entiende

En Corea del Sur, el fútbol no tiene la misma presencia cotidiana que en Europa o Sudamérica. Pero cada cuatro años, cuando llega el Mundial, el país se paraliza de una manera que pocas culturas conocen.

Las pantallas gigantes en las plazas de Seúl. La marea roja. El silencio absoluto antes de un penalti, seguido del ruido más grande que hayas escuchado en tu vida cuando entra. Es un espectáculo dentro del espectáculo.

Ese rugido —el que recuerdan todos los que vivieron 2002— está listo para volver.

El fantasma del 2002 ya no es un peso. Es un motor.


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