Voy a decir algo que nos cuesta admitir en voz alta: tengo miedo. Miedo de que se termine. Miedo de que esta generación dorada que nos devolvió la alegría un 18 de diciembre en Lusail tenga fecha de vencimiento. Y miedo, sobre todo, de despertar.

Pero hoy no es día de miedos. Hoy es día de hinchar el pecho.

La tercera estrella todavía brilla

Cierro los ojos y todavía estoy en Qatar. Todavía veo a Dibu mirando fijo al arquero de Francia antes del penal. Todavía siento el grito que me rompió la garganta cuando el Cuti Romero la sacó en la línea. Todavía tengo la camiseta que no me lavé en tres semanas.

Y ahora, increíblemente, vamos por más.

Argentina llega a este Mundial 2026 como lo que es: la campeona del mundo. No como candidata entre muchas, no como “una de las favoritas”. Como la que tiene la copa. La que tiene que defenderla. Y eso, queridos, se siente distinto.

Se siente como caminar con un tesoro en el bolsillo sabiendo que todos te quieren meter la mano.

La pregunta que nadie quiere hacer

¿Está Messi? La verdad es que no importa. Bueno, sí importa, porque es Messi y cada vez que toca la pelota el mundo se detiene. Pero esta selección aprendió algo que las anteriores no sabían: jugar sin depender de un solo hombre.

Scaloni construyó algo que va más allá del diez. Mac Allister maneja los tiempos como un veterano de mil batallas. Enzo Fernández llega al área como si tuviera GPS. Julián Álvarez tiene esa hambre que solo tienen los que quieren devorar el mundo. Y atrás, Cuti Romero y Lisandro Martínez muerden como si cada pelota fuera la última.

Si Leo está, será la cereza en el postre más dulce del fútbol. Si no está, Argentina sigue siendo Argentina. Los que no lo entienden es porque nunca vieron jugar a este equipo con el alma.

Lo que el rival no ve

Las otras selecciones ven nombres, formaciones, estadísticas. Lo que no ven es lo que pasa en el vestuario. No ven a De Paul poniendo la música a todo volumen antes de salir a la cancha. No ven a Dibu Martínez hablando solo, metiéndose en su burbuja de locura controlada. No ven a Scaloni, ese tipo que parece tranquilo pero por dentro lleva un volcán.

Este grupo tiene algo que no se compra y no se entrena: la mística del campeón. Saben lo que es ganar un Mundial. Saben lo que cuesta. Y eso, en los partidos que se definen por detalles — en un penal, en un córner, en los últimos cinco minutos de un suplementario — marca la diferencia.

Norteamérica, allá vamos

El Mundial 2026 se juega lejos, pero la hinchada argentina viaja al fin del mundo si hace falta. Ya lo hicimos en Qatar, en el desierto, con 40 grados y sin cerveza. ¿Qué nos va a detener un vuelo a Miami o a Houston?

Las tribunas van a temblar de celeste y blanco. Porque así somos: donde juega Argentina, la cancha es nuestra. Y esta vez vamos con la estrella más fresca del fútbol mundial cosida en el pecho.

Que vengan todos. Que vengan Francia, Brasil, Alemania, los 47 que quieran. Argentina ya sabe el camino a la gloria. Ya recorrió cada metro de ese camino descalza, sangrando, llorando y cantando.

Y si hay que hacerlo de nuevo, se hace de nuevo.

Porque ser campeón del mundo no es un resultado. Es un estado del alma.


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